UN ELOGIO A LA PEREZA

Vivimos en la era de la velocidad y las prisas donde asistimos a cambios trepidantes cada poco tiempo. Todo se desarrolla a un ritmo muy intenso. Lo que hoy funciona, mañana carece de valor y en poco tiempo se deshace y pierde consistencia. Existe una ensalzamiento de lo fugaz que desemboca en un vacío profundo. La inmediatez se ha extendido a todos los aspectos del mundo, lo queremos todo hoy y ahora. No se espera una semana para ver el siguiente capitulo de una serie y se reclaman los billetes de tren por llegar 15 minutos tarde al destino.

Muchas personas, sometidas a ritmos de trabajo duro, al llegar el fin de semana sienten un “bajón” físico y anímico que les lleva a desear que vuelva a ser lunes. ¿La razón? Son caballos de carreras que, semana tras semana, llegan desfondados a la meta. No saben vivir en el descanso. Ese descanso genera culpabilidad, ansiedad, vacío o tristeza. ¿Quién no ha pasado por la tristeza del domingo por la tarde?  Hay que aprender a descansar, pues como bien citaba el Nobel de Literatura John Steinbeck: “el arte del descanso es una parte del arte de trabajar”.

Desde los comienzos de la Historia, la sociedad inicialmente agrícola y acostumbrada a un “tempo” más lento marcado por el cíclico devenir de las estaciones, ha evolucionado convirtiéndose en una sociedad donde priman los resultados y la producción económica y en las que la máxima aspiración es la eficiencia, o lo que es lo mismo, hacer más con menos. La palabra utilizada en muchos casos es productividad. Los descubrimientos que hoy en día más se valoran no son aquellos relacionados con el conocimiento sino con la velocidad y la capacidad de aprovechar más el tiempo. La consecuencia lógica de esa filosofía, marcada por la búsqueda incesante de una mayor eficiencia, es la aparición de un estrés que, cual enfermedad maligna, se está extendiendo a todos los aspectos de nuestra sociedad convirtiéndose en crónica y gravemente perjudicial. La primacía de la economía, la extensión de sus principios al trabajo y a la vida de todas las personas, ha convertido a los seres humanos en piezas de una gigantesca maquinaria global.

Muchos individuos, sobre todo jóvenes y bien preparados, están siendo sometidos a una presión terrible en sus trabajos. Cada vez es más frecuente que la profesión esté ligada a “objetivos” difíciles de conseguir y que, de conseguirse, son desplazados por otros más exigentes que exprimen más y más nuestra capacidad de trabajo. El trabajo es la base y uno de los pilares de la vida. Ama tu oficio y envejece en él, dice un texto clásico; pero que ese trabajo parta del reposo y vuelva al reposo al finalizar. Si no, corremos el riesgo de entrar en la famosa “rat race“, hamsters corriendo en la rueda del trabajo, de la eficiencia y de la productividad.

rat race

Hoy sabemos gracias a todos los estudios neurológicos, que el descanso es clave para el cerebro. Según un estudio reciente publicado en la revista NATURE,  los fallos de atención y ciertos errores en pruebas cognitivas y a la hora de tomar decisiones, se relacionaron con personas que sufren de falta de descanso. El cerebro- y el cuerpo- precisan descansar cada cierto tiempo, y si se le fuerza puede tener efectos devastadores y perjudiciales para la salud física y psicológica. Bien decía Cicerón, hace más de 2000 años, “no considero libre a quien no tiene algunas veces sus ratos de ocio”.

El tiempo es el bien más democrático que existe. Todas las personas cuentan con 24 horas en su día. Cada uno es responsable, no solo de cómo rellena el día, sino de cómo percibe la sensación del tiempo. El ser humano se define según la manera en la que organiza su día y con ello, su vida. Las personas ordenadas consiguen que las horas se multipliquen, no olvidemos que el orden es el placer de la razón. Llegados a este punto podemos diferencias dos extremos: el de las personas que pierden y malgastan su tiempo, con una vida vacía que les conduce a estados depresivos y el de las personas que sufren de cronopatía. ¿Quién no conoce a alguien que no sabe renunciar a ningún plan, que necesita planificar todo su tiempo con mucha antelación y llenar todos los espacios y huecos de su agenda con múltiples actividades? Cuidado con estos últimos, su vida acaba convirtiéndose en una huida hacia adelante.

No olvidemos que las grandes experiencias de la vida no se saborean en el ajetreo de las prisas y el reloj. La vida no es plena y gratificante si no hay paz y quietud en algunos instantes.

Un ejemplo frecuente. La gente tiene reuniones todos los días. Hace poco me comentaba un amigo al que quería ver desde hace tiempo; “tengo tres reuniones esta tarde”, poco después, “no puedo hablar contigo, estoy reunido”. El hombre de hoy en día parece que se tiene que excusar tras “una reunión” para poder tener un momento de ocio o de tranquilidad. No queda bien decir que uno está libre o desocupado. ¿Qué sucede? Llega un día, que ese mismo amigo te dice, todo serio y con mirada preocupada, tras un sufrir problemas musculares, migrañas, taquicardias, un ataque de ansiedad o incluso un infarto, “mi médico me ha recetado descansar“. Ahí comienza uno a replantearse la vida, y se inicia una nueva etapa donde se dan la importancia que merecen los grandes aspectos de la vida.

Aprendamos a parar. Frenar para ver, observar y disfrutar. ¿Te has fijado que para observar y contemplar de verdad hace falta pararse? Corriendo no se percibe la belleza. Deleitarse con un paisaje bonito, con una puesta de sol,  con una lectura cautivadora, parar y disfrutar de un pueblo escondido cerca de la carretera, escuchar una canción que nos evoca emociones… sin sentimiento de culpa o de pérdida de tiempo. Ganamos en salud, en disfrute, en felicidad y en calidad de vida.

Hace unos años, subí a la Peña Oroel en Jaca. La subida es dura, el ejercicio intenso. Recuerdo parar en algún momento durante la ascensión y disfrutar de la luz y del paisaje. En el momento de la llegada, miles de sensaciones se entremezclaron. La naturaleza llena más de lo que podemos imaginar, pero desgraciadamente, no hay tiempo de saborear todo aquello que aportan los sentidos. Me gusta este pensamiento de Kierkegaard que medito con frecuencia, “la vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada”.

Ya lo explicaba Jacques Leclerq en su discurso de entrada en la Academia en el año 1936, el gran filósofo Réne Descartes tuvo sus sueños y visiones tras varios meses descansando. Newton descubrió uno de los grandes principios de la física, sentado bajo un árbol. Platón construyó el pilar de la filosofía en los jardines de Akademos. Ninguno de ellos llegó a sus descubrimientos en un momento de vida frenética. No es corriendo y de forma apresurada como se llega al trasfondo y a la belleza de la vida. La soledad, el descanso, el silencio, el ir con pausa, son claves para crear y para comenzar los proyectos con ilusión. El mundo está enfermo, efectivamente, sufre de estrés crónico. ¿Cómo va a funcionar la sociedad si creamos seres hiperestresados corriendo y funcionando a toda velocidad? La vida frenética indica que es el entorno quien nos dirige y no uno mismo.

Escuchar la voz interior es uno de los primeros pasos para conocerse y superarse. Esa voz no se escucha ante el frenético ruido de la vida. Paz interior, sosiego… eso piden todas las terapias actuales. Surgen sin parar, en muchos lugares, cursos de yoga, mindfulness y todo tipo de meditaciones para desconectar del bullicio exterior.

¡Miramos tanto el reloj que no damos tiempo a lo importante! Aprovecha una tarde de domingo y desconecta del teléfono y del reloj; usa el modo avión en casa, sin miedo a desatender una llamada, un mail, una noticia o un tweet.  No necesitas estar en línea las 24 horas del día. Aprende a “perder un poco de tiempo”, ganando en paz y serenidad. No abarques demasiado. Aprende a renunciar. Vive el momento presente. No te ancles en el pasado o te preocupes en exceso por el futuro, ya llegará. Tu capacidad de sentir, actuar y vivir de verdad está únicamente en el presente. La vida es lo que te pasa cuando estás haciendo otros planes, decía John Lennon.  No olvides que existe una relación clara entre la forma en la que vivimos y gestionamos el tiempo, con el estrés, la ansiedad y la salud de alma y cuerpo. Intenta saborear la naturaleza, la playa, el mar, la montaña de vez en cuando. Te abrirás a grandes sensaciones que te llenaran de verdad. Eso sí, sin perder de vista, tu proyecto personal. Planifica, ten puntos de referencia pero disfrutando de cada vez que llega un momento especial, deseado o emocionante.

Termino con Fray Luis de León, un gran sabio, ¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!

 

marian rojas estape

 Marian Rojas Estapé. Psiquiatra. 

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MARIAN ROJAS ESTAPÉ

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Comentarios

  • Montse V

    Escrito el 8 marzo, 2017

    Responder

    Marian!! Este homenaje que rinden tus líneas a la pereza refleja una gran lección que, como otras cuantas, hay que aprender y, oh paradoja!!!- rápidamente…. El XXI, después de la carrerilla tomada del siglo precedente, transcurre arrollador. Expones en este post una excelente lección de vida contemporánea. La cuestión es: cómo bajarse de este tren???.

  • Rosa

    Escrito el 9 marzo, 2017

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    Me ha sido de utilidad. Necesitaba leer algo sobre como parar. Trabajo en una empresa con “Objetivos” y nos metemos en esa rueda sin capacidad de salir.
    Gracias por su articulo y su blog, un saludo doctora.

  • David Felipe Cano

    Escrito el 10 marzo, 2017

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    Hola Marian. Me ha gustado mucho el artículo aunque el texto quedaría más enriquecido si añades los links a los texto o artículos que citas (por ejemplo el estudio de Nature).
    Por otro lado, más que mirar al reloj pondría al “móvil” ya que las nuevas generaciones no utilizan reloj.

    Un saludo y gracias,

  • José Luis Reyes Martínez

    Escrito el 21 marzo, 2017

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    Aquí un lento… por perfeccionista. Nos gusta recrearnos en lo que hacemos dando lo mejor… y este loco mundo competitivo y marcado por el cronómetro nos inunda de cortisol porque no permite sentarse demasiado tiempo bajo la fresca sombra de un árbol del camino. A pesar de nadar contracorriente y caer exhaustos, esos pequeños remansos hemos de buscarlos en cualquier momento del día intentando que tampoco se conviertan en obsesión generadora de mayor angustia… Anclados en la voluntad de aprender a gestionar saludablemente nuestro tiempo, deberíamos tratar de pervivir convenciendo a su vez a los que nos rodean que paren también, que busquen esos momentos para alcanzar cierta serenidad, momentos para estabilizar cuerpo y alimentar espíritu en definitiva… Ser lento hoy se penaliza, pero sobreviviremos… Gracias por tus artículos.

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